La mano se desliza sobre la dura manija plastica de un peogeot 207 recien estrenado, una pulsión estrechamente direccional al sentido del cuerpo que rebota al compás de una chacarera. Emprende el paso, firme y decidido con ilusiones esotéricas, un sueño que resulta de una costumbre, tan fuertemente arraigada a la cultura como el brebaje de hierbas, es la cura, la cura al mal que atormenta su sistema digestivo, sin pensarlo ni razonarlo, fija un objetivo y se dirije hacia este.
La mano retumba en una artemisa de sacrilegios, la puerta se abre y los techos bajos dan la bienvenida al quirofano del alma.
Ella se para en frente de esa especie de chamán del pueblo, reconocida por generaciones y venerada por todos, el canal que circula en sus manos es solo un trozo de algodón lleno de fluires magnéticos que llevan la paz y el amor a cambio de un malestar que aqueja su vientre.
Se despide con una reverencia, la antigua dama sabe que ha curado, no importa como ni por qué, sabe que sanó ese mal diabólico con la ayuda de los bienes divinos, no hay nada más por hacer, ya las penas se han aliviado.
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